El
Mundial es de ellos, no mío
¿Qué
se puede decir a estas alturas sobre el Mundial en una revista como ideele?
En jugada maestra, pasamos el tema a Constantino Carvallo, quien no defraudó y
aprovechó brillantemente el espacio.
Constantino Carvallo R.
De muchos modos
enfrento día a día la distancia que me separa, cada vez más, de las nuevas
generaciones. Uno pasa súbitamente de un mundo a otro. Cuando creo compartir el
mundo de los niños y jóvenes, ser parte de él, sentir y hablar del mismo modo,
un giro de la pasión, un quiebre del interés común, nos sitúa a cada cual en su
propio territorio.
El último Mundial muestra esa diferencia y
los cambios que se han producido en la relación con la nación del alma
infantil. Para mí el Mundial Corea-Japón no solo es propiedad exclusiva de
ellos, los jóvenes, sino que lo es de una manera distinta de cómo, por ejemplo,
me perteneció el Mundial de México 70 o el Argentina 78. Yo tenía 13 años
cuando se realizó el Mundial de Inglaterra en 1966 y no me interesó. Recuerdo
la polémica del gol de Inglaterra de la final con Alemania como un asunto de la
historia, como la Segunda Guerra o el conflicto de los Balcanes. Asuntos
seguramente importantes pero que nada tenían que ver con nuestras vidas aquí en
el Perú. No conmovían, no nos emocionaban.
Puede decirse que
ello se debía a la falta de televisión, pero esto no hace en verdad la diferencia.
De hecho el Mundial se transmitía por un medio quizá más extendido y cálido, la
radio. Recuerdo a los curas del colegio escuchando, ellos sí tomados por el
nerviosismo y el interés, el España-Argentina, aterrados con el gol de Onega
que escucharon con sus pequeños radios a transistores forrados con cuero
agujereado.
Ocurría que el fútbol tenía rostro
nacional. Incluso podía decirse que se situaba en una esfera social menor, la
de los afectos personales, la solidaridad con la tribu pequeña: el club del
cual uno era hincha. Yo, por ejemplo, no tenía interés en un seleccionado
nacional cuya delantera no estuviera integrada por tres o cuatro jugadores del
Alianza Lima. Cuando esto ocurría, rara vez felizmente, el combinado no era ya
plenamente patrio y me interesaba poco su destino final. Inconcebible era
entonces interesarse en una competencia que no solo no tenía a los ágiles
aliancistas –así los llamaba La Prensa– sino que ni siquiera contaba con
la participación del "combinado patrio". El Mundial de Inglaterra,
con todos sus Eusebios, no significaba nada en el corazón y los afectos de un
adolescente que valoraba el fútbol como expresión de la afirmación de un
orgullo personal, intransferible, ligado irremediablemente a los compatriotas
y, entre ellos, a los miembros de la misma pasión por unos colores que
significaban la comunidad real. Si no estaba el Perú era solo fútbol,
movimientos desprovistos de afectividad, un espectáculo tedioso,
desespiritualizado, encarnado por extranjeros talentosos pero que no convocaban
la identificación o la identidad.
Lo grande de México 70 no fue Brasil ni
Italia; la trascendencia de Argentina 78 no fueron los goles argentinos o la
elegancia holandesa. Todas las virtudes de esos mundiales importaban porque el
Perú era parte de la fiesta. Y no solo el Perú; estaban allí el poeta Cueto,
Cubillas, Velásquez, Duarte. Los ídolos del estadio de Matute, los parientes
más admirados que uno veía con la tribu íntima estaban allí mostrando lo que
éramos al mundo entero. Cuando Perú quedó eliminado tras su derrota infame con
la Argentina de Kempes, igual que tras el partido magnífico contra el Brasil de
Pelé, el Mundial se terminó para nosotros. Quedaban partidos, claro; la final,
nada menos, pero ya era otra cosa. Una competencia objetiva, fría, con
simpatías discutibles, sin una solidaridad clara que ayudara a galvanizar las
expectativas. Todos queríamos que ganase el Perú, nos reuníamos desde temprano
para verlo. En cambio, en el fondo, daba igual si ganaba Holanda o Argentina. Podíamos
querer una u otra cosa, pero no lloraríamos por ninguno. El fracaso no sería
nuestro.
Hoy un cambio notable ha ocurrido en la
afición que los jóvenes mantienen todavía con el fútbol. Perú no asiste a un
Mundial desde la tarde fatídica en que los polacos terminaron por romper a la
complicada escuadra que, plagada de pleitos intestinos, asistió al Mundial de
España 82. El gol inútil de Guillermo La Rosa puso fin a un modo de vincularse
con el fútbol que es también expresión riesgosa del modo de vincularse con la
patria. ¿Ha visto usted las camisetas que se venden en Ripley o Saga, en Polvos
Azules o en Gamarra? Están Brasil, Francia, Alemania. También Inglaterra,
Argentina y hasta Corea. No está Perú; su camiseta no se vende. Y no se la
ponen. Pero lucen con orgullo la camiseta de Francia, sobre todo antes de
empezar este Mundial. Son tan usadas que los grifos y otras tiendas las han
entregado en sus ofertas para los niños y jóvenes. ¿Nos habríamos puesto la
camiseta de Inglaterra o Portugal hace veinticinco años? Ni siquiera se
vendían; teníamos la nuestra o las nuestras, la de Alianza y la del Perú.
Cuando he visto el Mundial con muchachos,
obligado en realidad por el trabajo o el deber familiar, he tenido que fingir,
como con algunas películas para niños, un interés que en verdad no sentía. Pero
ellos no solo parecían festejar los goles y jugadas sino que conocían al
detalle a los jugadores más increíbles, el centro delantero de Senegal o el
arquero de Turquía. Y no solo eso: sabían de sus equipos, sus costos de
fichaje, su currículo. La verdad es que su erudición era superior a la que
teníamos en los setenta. Yo conocía a los veintidós jugadores del Perú y punto.
A los demás los apreciaba cuando chocaban con nosotros. De Alemania a Müller,
porque nos clavó dos goles; el resto no lo recuerdo; quizá Libuda porque no
pudo con Nicolás Fuentes o Beckenbauer porque tenía carisma y podía uno
identificarse con su presencia y valor. ¿Quiénes eran los búlgaros? ¿Quiénes
eran los escoceses, fuera del tal Jordan que venía precedido de la fama
inquietante de borracho y mujeriego? Ahora los conocen a todos. Arman en juegos
de Nintendo sus equipos ideales, los compran, los venden. Saben más de ellos
que de los patéticos ídolos del campeonato nacional. Pero su afición es, para
bien o para mal, más solitaria, menos parte del calor y la identidad con la
patria que vivimos sus padres. No se agrupa ya la gente, la familia, los amigos
para ver al escuadrón nacional saltar a la cancha. No hay ya cebiches,
almuerzos, ni se paraliza la vida pública como en ese extraordinario
cortometraje que filmó Robles Godoy en uno de esos días de paro nacional. La
tribuna no se llena con los muchachos esperanzados en ver al Perú ganar o
perder pero mostrando el talento y el valor que puede uno admirar. Nada de eso.
Se va al estadio a silbar, a manifestar el rencor y la frustración y, si se
puede, también la violencia y la destrucción.
Es el triunfo de la Internet, la globalidad
sumada a la caída vertiginosa de la educación y el deporte. Sin nada que
apreciar en casa, sin modelos de victoria y coraje, no queda sino satisfacer
fuera esa necesidad. No se es hincha del Perú sino de Inglaterra o de Brasil.
No se es de la U o el Alianza, en términos mayores, sino del Bayern, del Real
Madrid o, mejor aún, del equipo Pepsi cuyas camisetas se agotaron en las
tiendas de vídeos del Blockbuster. ¿Pero puede sentirse lo mismo por Senegal o
Francia desde aquí que lo que sentíamos por los colores del Perú? ¿Puede
gritarse un gol de sabe dios qué nombre impronunciable, un checoslovaco-alemán
o cosa semejante, del mismo modo como gritamos el gol de Cubillas en el Mundial
del 70 o el de Perico a la Argentina de Cejas desde el cemento ardiente de
tribuna norte en 1969?
El problema por supuesto es que uno no
quiere pasar por chauvinista ni, menos, defender alguna forma nefasta de
nacionalismo. Tampoco pretender que en el fútbol se juega el destino de la
patria, ni que es mejor hinchar por los colores nacionales que por los de
cualquier otro club o selección que a uno le venga en gana. El problema es,
precisamente, que no se dan las condiciones para hinchar por nadie, ni aquí ni
fuera.
Sostengo que el interés de los jóvenes por
el Mundial Corea-Japón es una diversión pero no seduce a la pasión, no emociona
porque para ello debe comprometerse la identidad, la conciencia de una cosa
común que une a quienes luchan en la cancha y a quienes los contemplan luchando
de otro modo desde la tribuna.
El fútbol es hoy
un espectáculo, como el automovilismo o el tenis, pero no es un evento afectivo
en el que triunfando o ganando se construye una historia compartida con quienes
comparten una misma nacionalidad. Puede uno encontrarse con otro cincuentón y,
como escribía Cohn-Bendit, hablar del fútbol que vimos o, mejor aún, del fútbol
que vivimos juntos. ¿Te acuerdas del pase de Chumpitaz, largo como un cohete a
la Luna, del túnel de Cueto a los argentinos, de las manos flojas de Rubiños,
la insolencia indispensable de Challe, la sencillez de Didí? En el futuro,
¿conversarán sobre los goles de Rivaldo, las atajadas del turco de las sombras
bajo los ojos, el pelo pintado del modelo Beckham? Falta algo para darle
sustancia al recuerdo, para que permanezca gozoso en la memoria, para que sirva
como un misterioso lazo de unión con el prójimo más cercano, el peruano como
yo.
Porque incluso ahora que escribo el nombre
de Chumpitaz siento vergüenza y no pude escribir el de Cubillas para que la
corrupción no actúe también mancillando y pudriendo los recuerdos. El deporte
peruano es una vergüenza. ¿Es que acaso no significa nada ver en los medios los
triunfos del deporte internacional y vivir diariamente el fracaso de los
nuestros? Y no es solo que Chile nos saque de un mundial goleándonos 4-0 o que
Ecuador nos gane en un día de fiesta en el Monumental, 70 mil personas
aguardando regresar al pasado victorioso. Lo peor es la conciencia de que esas
derrotas expresan una realidad inocultable: la del país en que nos hemos
convertido. Solano enfrentado con el Chorri, los jugadores pidiendo más y más y
cuidándose cada vez menos, los dirigentes peleando con la prensa, la prensa
buscando en la basura, la afición disfrutando del insulto y la venganza. Un
técnico apoyado por Fujimori pasando el tiempo en el hipódromo; el otro, Uribe,
disfrazando el fracaso, mintiendo y mintiéndose. Los deportistas no son ya
ídolos de nadie, no alcanzan la estatura de los mitos. Y los que fueron han
caído borrando incluso su propia gesta histórica. Cubillas entregando polos por
orden de Montesinos se enfrenta al Nene que cimbreante encajó ese gol a
Bulgaria.
No podemos admirarnos entre peruanos. Ramón
Ferreyros o el tenista Horna andan lejos de la multitud, no levantan la moral
como lo hacían Johnny Bello, Mauro Mina o el gran Ricardo Duarte. El deporte se
ha desacralizado, se ha banalizado, ha perdido ante el comercio y la
globalidad. A los jóvenes no les queda sino apreciar a los monstruos del
deporte internacional y al hacerlo la realidad más cercana se reduce, se mira
empobrecida, sin verdadero orgullo o con desprecio y malestar. ¿Por qué el Perú
no gana en nada? ¿Por qué ni siquiera va a un Mundial? ¿Es culpa de Delfino, de
Reynoso, de Maturana, de Oblitas? Nada de eso. Es una manifestación de una
decadencia larga y profunda, de un cuestabajo que se muestra en sus niveles
altos en los vídeos de Montesinos pero también se siente en las fuerzas
negativas que habitan en el fútbol nacional. Lo sano, lamentablemente, es no
identificarse con los colores del Perú, con sus derrotas humillantes, con su
mediocridad y su falta de valor moral. Lo triste es que se vive aquí y que
despreciar lo que es nuestro es, de algún modo, despreciarnos a nosotros
mismos. Por lo menos hasta que se disuelva la conciencia nacional y el mundo se
vuelva la aldea global sin patrias ni raíces. Todos seremos entonces del equipo
Pepsi, hinchas simultáneos de Ronaldo y de Zidane, de Oliver Kahn y la Bruja
Verón. Mientras ese horrendo cosmopolitismo, el que pronostican los autores de Imperio,
se impone, debiéramos hacer algo para asistir al próximo Mundial. O por lo menos
para que podamos estar en el del 2010. Ello supone que la comunidad deportiva
–prensa, deportistas, técnicos, dirigentes y aficionados– comparta una meta
común y busque sinceramente conseguirla.
No es un asunto baladí. Los jóvenes y los niños necesitan de
facilitadores de la vida en comunidad. Motivos para estar orgullosos de la
nación en la que se vive, estímulos para quererla y valorarla. Ha escrito Rilke
que la única patria del hombre es su infancia. Alimentar la patria,
engrandecerla, es dar a esa infancia recuerdos gratos del país en el que se
está. Entre esos recuerdos aparecen las tardes soleadas en las que la camiseta
nacional se impuso a la adversidad, al rival y logró con su entrega y capacidad
un triunfo imposible con el que resulta dulce entregarse por la noche a
rememorar. No importa si fueron las morenas del vóley o el peleador que tumbó a
su contrincante o, simplemente, el magnífico pase que se lanza hacia la
portería rival. No importa. Necesitamos héroes para nuestros hijos, hazañas
emocionantes, proezas del hombre del Perú en la competencia internacional. Lo
que en verdad requerimos del deporte son motivos para agradecer haber nacido
aquí y no allá lejos, junto a Zidane.
Constantino Carvallo R. es director del colegio Los Reyes
Rojos.