Una mirada lúcida sobre el Perú en el horizonte regional.

Toledo y la herencia  de Fujimori

 

José Rodríguez Elizondo

 

En un acto académico me preguntaron si el Perú estaba al borde una nueva crisis político-social.

Entiendo que la pregunta es lógica. La opinión pública tiende a pensar las crisis como islotes. Cada Presidente con la suya.

Desde esa perspectiva, habría que responder que sí. Según encuestas, Alejandro Toledo, antes de cumplir un año de gobierno, solo tiene entre un 15 y un 20 por ciento de aceptación. Su liderazgo merece notas que fluctúan alrededor del 4, en una escala de 1 a 10. Al parecer, no sabe administrar su imagen: la prensa mundial dio cuenta de un sueldo incomprensible y de parientes demasiado visibles. Su ministro de Justicia le ha comprado pleitos duros con la Marina y el Vaticano. Su primer ministro de Defensa tenía la tendencia a invadir el minado campo de la política exterior. Sendero Luminoso ya demostró que está al acecho. Los arequipeños, iracundos, rechazaron la privatización de dos empresas eléctricas y el gobierno retrocedió. Esto obligó a Toledo a privatizar a sus mejores ministros.

En fin, aunque el Presidente supo compensar lo último, incorporando a valores como Javier Silva Ruete y Allan Wagner, lo cierto es que el Perú sigue mal.

Y en ese "sigue" está la clave. Porque, para quienes conocemos el país, lo que no funciona en la pregunta que me hicieron es lo de "nueva crisis".

Con toda mi admiración por el desempeño de Valentín Paniagua, lo cierto es que en sus ocho meses de gobierno solo podía atajar y reducir los daños del binomio Fujimori-Montesinos. Que no es poco decir. Pero, al margen de la ráfaga de moral y decencia que trajo el Presidente provisional, hay que entender que Toledo recibió un país inmerso en una crisis general de Estado.

Pensemos que Fujimori solo gobernó dos años bajo formas democráticas. Desde su autogolpe de 1992 hasta su renuncia por fax del 2000, lo suyo fue una dictadura con reelecciones democráticas amañadas y un sistema mediático (con heroicas excepciones) bajo soborno.

Mientras demasiados peruanos y todos los demócratas representados en la OEA nos hacíamos los desentendidos, ese dictador propinaba al Perú un menú de catástrofe institucional: colapso del sistema de partidos políticos, mandos militares digitados por un expulsado del Ejército, brillantes militares en la cárcel o el exilio, un escuadrón de la muerte, un Congreso deslegitimado, un Poder Judicial irrelevante, una guerra perdida y una corrupción literalmente de película: todo soborno era filmado.

Fue una desinstitucionalización cabal que condujo, según el sociólogo Manuel Dammert, a un "Estado mafioso".

Está claro que desde su escondite, Fujimori querría chutear tan terrible acusación hacia atrás, invocando una crisis en cascada: desde la Guerra del Pacífico hasta la crisis terrorista-inflacionaria, bajo el gobierno de Alan García.

Sin embargo, la perspectiva de la democracia o de su alternancia habían mantenido las crisis anteriores fuera de la UTI. Así
–y aunque Huntington lo ignore–, el general Francisco Morales Bermúdez superó la suya inventando la primera transición modélica de Hispanoamérica (de paso, evitó una nueva guerra contra Chile, incubada bajo el gobierno de Juan Velasco Alvarado). Fernando Belaunde salió del gobierno como una figura moral intachable. Si Alan García se exilió, fue porque su sucesor preferido se convirtió en un peligro mortal para su salud.

Una rara oportunidad

Tras esta reordenación de materias, la pregunta correcta debiera contener un mínimo matiz de fraternidad: ¿cómo podemos ayudar al Perú a salir de la crisis de Fujimori?

Esta pregunta apela a la solidaridad activa de las democracias. No a la diplomacia de simple administración ni a esas solidaridades post mortem, que solo sirven para calmar conciencias. Esto, con la nota adicional de que, por primera vez tras treinta y cuatro años (descontando el gobierno provisional de Paniagua), coexisten gobiernos democráticos en Chile y el Perú.

No soslayo que, en nuestro caso, sería una solidaridad entre democracias con pasado conflictivo. Precisamente por eso, agrego que la historia nos brinda una hermosa oportunidad para superarlo. Para no seguir archivándonos mutuamente como expansionistas o revanchistas irreductibles, en virtud de recelos y tesis geopolíticas obsoletas.

Solo pensemos que una visión similar impulsó a los países europeos a integrarse, a pocos años de la última de sus guerras interminables. Por eso hoy son megabloque y pesan fuerte en el mundo. Nosotros seguimos mirándonos de soslayo, a más de ciento veinte años de la única guerra que nos enfrentara (la de 1836 no fue, técnicamente, una guerra chileno-peruana). Por eso somos unidades nacionales soberanas al 100 por ciento pero pesamos poquito.

El ejemplo nos demuestra, con luz cegadora, que, entre los megabloques, la globalización asimétrica y las necesidades exportadoras de América Latina, dejó de tener sentido racional esa lógica clausewitziana según la cual "mi seguridad radica en la debilidad de mi vecino". La realidad y los indicadores de hoy nos dicen cómo y cuánto nos perjudica a los chilenos, incluso en términos de seguridad, la macrocrisis de Argentina.

Los lobbies del recelo

A partir de ese estado de reconocimiento, los hechos grandes están a favor de una nueva relación chileno-peruana. El Tratado de 1929 alcanzó su plenitud normativa y ya no hay barreras jurídicas pendientes entre ambos países. En su conflicto con Ecuador, los peruanos reconocieron el correcto comportamiento de Chile en cuanto garante del Protocolo de Río de Janeiro. No funcionó, como temían, el eje Quito-Santiago. Agreguemos que tampoco funcionó el eje Buenos Aires-Lima, pero porque Menem decidió venderle armas a los ecuatorianos.

No solo eso. En el ámbito historiográfico, el embajador Juan Miguel Bákula acaba de publicar una obra señera –Perú entre la realidad y la utopía– en la cual regala un gesto de fraternidad. Lo hace al aludir a los estudiosos peruanos "acostumbrados a entender la relación peruano-chilena como una pugna imborrable que era preciso mantener, ya sea alimentando sentimientos de enemistad, ya fuese forjando nuevas lógicas de pensamiento que revivieran las frustradas demandas peruanas".

Ya veremos cómo responden nuestros historiadores y diplomáticos. Es un gesto de nobleza que obliga.

Sintomáticamente, las Fuerzas Armadas chilenas cuentan hoy con cientistas sociales sofisticados, capaces de procesar estos fenómenos desde su estratégico sector. Son militares capaces de apreciar señales como la de Bákula y de aceptar que la mejor disuasión es la que marcha al mismo paso que la asociación.

Si reconocer y apreciar es despejar, el camino de la integración progresiva está abierto.

Esto me hace recordar algo que me dijo en Lima, hace siete años, el general (r) Edgardo Mercado Jarrín, geopolítico moderno con obra propia y arquitecto del rearme peruano de los años setenta: Chile y el Perú debían proyectar un pool portuario, para evitar verse enfrentados en competencia por terceros interesados en bajar costos. El caso del gas boliviano le está dando la razón desde una nueva perspectiva. Se nos está haciendo competir no por razones económicas del siglo XXI, sino por una razón militar del siglo XIX.

En definitiva, solo los lobbies del recelo pueden seguir produciendo agentes desprolijos con micrófonos olvidados, lecturas sesgadas de procesos judiciales, encuentros "deportivos" que hacen sonrojar a las madres o cualquier otra zancadilla de la prepotencia o del rencor. Hechos negativos, comparativamente pequeños, destinados a mantener vivas las desconfianzas.

Desde otra perspectiva, está claro que el temor por la suerte de Toledo también permea a la oposición peruana. Alan García, en entrevista reciente para Caretas, reconoció que cualquier persona sensata habría tenido temor de ganar las últimas elecciones y que un fracaso de Toledo pondría en juego la credibilidad mundial del Perú.

Es un razonamiento impecable aunque incompleto. Porque, con lo que está sucediendo hoy en Argentina, Colombia, Paraguay y Venezuela, la credibilidad mundial del Perú caería fundida con la de toda América Latina. Y, aunque sea injusto para quienes llevan sus cuentas en orden, el riesgo-país de los financistas transnacionales se convertiría en un riesgo-continente.

Por eso, la solidaridad regional de las democracias no debe ser un artilugio retórico de cóctel, sino un incentivo para acelerar los trámites de nuestros procesos de integración. Comenzando por la vecindad.

Por eso, a los chilenos nos importa, vitalmente, que le vaya bien al Perú.

 

José Rodríguez Elizondo es periodista chileno, experto en análisis internacional.